“Nada da mayor reputación a un príncipe como emprender grandes empresas y dar de sí insólito ejemplo”. El Príncipe. Maquiavelo
Javier López Medina
Su figura imponente, su visión adelantada a su tiempo y sus acciones temerarias. Así recuerdo a Alejandro González Yáñez. Alias, Gonzalo.
Yo estaba en el Comité de Defensa Popular de Lerdo y Gonzalo en el de Durango, así que lo veía de vez en cuando, nunca platiqué con él, solo lo veía, lo observé lo suficiente para que sus enseñanzas dejaran una muesca en mi cerebro.
Gonzalo era uno de los dirigentes del Comité de Defensa Popular, junto con Marcos Cruz, Juan Cruz, Alfonso Primitivo Ríos y Pedro Gustavo Cortez.
Gonzalo y Marcos eran las lumbreras de ese movimiento social que dignificó muchas vidas y resucitó otras tantas. Haciéndolas pasar como por arte de magia de un número estadístico en la pobreza, a seres humanos dignos de vivir en la tierra.
Lo conocí en 1990 tenía yo unos 25 años, él unos 35. El gran Gonzalo cultivaba su imagen en el gimnasio de su casa, visitaba los baños de vapor del barrio, dejaba caer el néctar de un limón en su densa cabellera; decía que era para conservar la fortaleza del cabello y el color negro, que lucía. Su vestir era elegancia pura, su imagen impecable, sus tirantes símbolo de su singularidad. Y su halo, de Dios del Olimpo en la tierra.
De esas pinceladas que le vi al gran Gonzalo, recuerdo algunas que quedado para la eternidad en mi memoria.
La manera de leer
Gonzalo era un lector voraz, político de avanzada 10, 20, 30 años adelantado a su tiempo, las paredes de su casa estaban llenas de libros y cuando venía a la Laguna, la librería del maestro, estaba encantado con su visita; y como no lo iba a estar Gonzalo compraba libros por docenas; lo dejaban entrar tras el mostrador para que el escogiera. Compraba alterones de libros y nos daba a escoger los que quisiéramos.
Un día me regaló el libro de Plutarco, que se llama “acerca del destino”, es un texto filosófico que su nombre lleva la esencia de su contenido; abstracto, complejo, profundo en sus ideas y sus reflexiones.
Con las enseñanzas de Gonzalo, conocí el libro “Posicionamiento” de Al Ries y Jack Trout, un libro de avanzada dentro del marketing político que aun no encuentra su par en la competencia después de más de cuatro décadas.
La manera de hacer reuniones
Cuando todos los políticos hacían una reunión diaria en una colonia, o una reunión por semana, el “Gran Gonzalo” podía hacer una cada media hora. Sus 15 a 20 reuniones diarias durante la construcción del poder o durante sus campañas, eran parte de la cotidianidad. El cambio de paradigma para mí fue letal.
El debate con Porfirio Muñoz Ledo
Cuando Gonzalo llego a Diputado Federal por primera vez, nos platicaba que había tenido un debate en un canal de televisión o radio, no recuerdo, con Porfirio Muñoz Ledo, sobre la reforma del Estado; decía que el debate había sido intenso, que Muñoz Ledo era un monstruo de la política y que después de ese debate había terminado con todas las “cejas cortadas”. Así decía, cuando la lucha en el terreno de las ideas había sido incesante, implacable y de una altura pocas veces alcanzada. Recordaba con entusiasmo que Muñoz Ledo, le reconocía su capacidad y conocimiento. Remataba diciendo que después del debate, le habían regalado un juego de plumas.
La pavimentación de la capital
La historia más memorable que le conocí, fue cuando pavimentó “toda la capital Durango”. Gonzalo compró una revolvedora gigante, me tocó verla; decían que la había comprado en Italia; ahí cabían decenas de costales de cemento y varios camiones repletos de cascajo, para pavimentar las calles de la capital.
Llegaba los camiones, recibía la mezcla lista para pavimentar, salía el camión a la colonia y ya estaban ahí los vecinos listos para extenderlo. En pocos días Gonzalo estaba cambiando la fisonomía de la capital del Estado, el primer intento “suicida” de sacar a Durango del atraso. Decenas de calles eran pavimentadas por Gonzalo a cada minuto, cada hora, cada día, algo que no ha vuelto a ver en ningún lado.
La afirmativa ficta
Entre 1992 y 1995, Gonzalo fue presidente municipal de Durango, en ese periodo escribió un libro, sobre la planeación democrática, el federalismo y los municipios, ahí abordaba la propuesta de la afirmativa ficta, en ella se proponía que cualquier petición que se le hiciera al gobierno, si este no daba respuesta positiva o negativa en un periodo determinado, por ejemplo, un mes; esta se daría por afirmativa. 30 años después la afirmativa ficta, sigue en el centro del debate.
Las historias y leyendas del gran Gonzalo tienden al infinito, sus “linces”, cuando fue presidente de Durango, así les decía a unos policías en moto, para la seguridad pública; sus perros pastor alemán, traídos de Francia, para cuidar el panteón; sus formas de hacer campaña como la de un “relámpago”; el gusto por la música de Luis Eduardo Aute; sus meses encerrado en casa para reflexionar las derrotas; sus cenas a las 4 de la mañana en medio de una charla; su lista escrita a mano de puestos de comida abierta a deshoras, su maleta llena de encuestas de todos los municipios de Durango; todo eso, son apenas unos trazos de una “pintura” llamada Gonzalo Yáñez.
- Javier López Medina
- Licenciado en economía
- Licenciado en estadística
- Maestría en administración y políticas públicas







