Simón Vargas Aguilar
Héroes de bata blanca
Desde los peores meses de la pandemia de covid-19, cuando el país entero se encerró y el miedo se convirtió en el compañero de cada hogar, hubo quienes no tuvieron el privilegio del confinamiento: médicos, administrativos, enfermeras, camilleros, técnicos de laboratorio, personal de limpieza hospitalaria y casi todos los involucrados en el servicio de salud se convirtieron, sin pedirlo, en la última línea de defensa de una nación que no estaba preparada.
Fueron héroes silenciosos porque la urgencia no dejaba espacio para los aplausos; enfrentaron turnos interminables, escasez de equipo de protección, el riesgo cotidiano de contagiarse y la certeza de que muchos colegas no regresarían a casa. El reconocimiento, aunque breve y efímero, existió después de pasada la tragedia, luego llegaron el silencio y el olvido institucional.
Hoy, años después, ese personal sigue cargando sobre sus hombros un sistema que en muchos lugares del país opera con poco presupuesto, pues en clínicas de segundo y tercer niveles, hospitales regionales y unidades de medicina familiar de estados con mayor rezago se trabaja con equipos médicos que deberían haber sido sustituidos hace tiempo, insumos que llegan tarde o incompletos y la creatividad forzada de quien aprende a improvisar sin dejar de cumplir con el juramento de cuidar.
En las últimas semanas, ese mismo personal ha salido a las calles; lo ha hecho con pancartas y consignas, pero también con disciplina que merece reconocimiento, porque no han abandonado a los pacientes, las cirugías programadas se realizan, los nacimientos continúan y las consultas no se detienen. La empatía de quienes protestan no se limita a exigir mejores condiciones para sí mismos; se expresa, sobre todo, en la decisión de no convertir su legítima inconformidad en un castigo para quienes ya padecen enfermedad.
Han marchado y, al mismo tiempo, continúan cuidando; han bloqueado vialidades en algunos puntos y, sin embargo, han mantenido libres los accesos de ambulancias y las áreas críticas. Esta aparente dualidad es precisamente lo que los distingue de otras movilizaciones, porque es una protesta que reconoce que la salud no puede detenerse.
Incluso el director general del Instituto Mexicano del Seguro Social, Zoé Robledo, ha hablado en estos días y ha reconocido el trabajo de médicos y enfermeras; ha señalado que los servicios no se interrumpen; ha llamado al diálogo y ha anunciado junto con el titular del sindicato que han alcanzado un nuevo acuerdo para atender las carencias de insumos, personal y condiciones de trabajo.
Pero no basta con palabras: el reconocimiento verdadero se mide en presupuestos suficientes, en la regularización de plazas, el abasto oportuno y jornadas que no agoten hasta el límite la resistencia humana, porque el problema es más profundo, pues el sistema de salud durante años ha crecido en derechohabientes más rápido de lo que ha crecido en recursos reales y ahora enfrenta la presión de un personal que ya no acepta que el heroísmo de la pandemia se convierta en la norma permanente.
Porque esa es la otra cara que pocas veces se nombra con claridad: las jornadas superlargas y el cansancio acumulado también son una forma de violencia, una silenciosa que llega a sobrecargar al personal y que también puede derivar en la afectación de su propia salud. Médicos que cubren dobles turnos, enfermeras que salen de un servicio para entrar a otro, residentes que aprenden en medio de la saturación y personal de apoyo que sostiene la operación cuando los números no alcanzan se traducen en agotamiento estructural.
Hoy, ante las marchas que se multiplican en distintas entidades, el reconocimiento no puede ser sólo retórico: debe realmente tener repercusión enfocada en priorizar a quienes sostienen la salud de millones de mexicanos por encima, a veces, incluso de la suya.
No piden monumentos ni aplausos, sólo requieren que el sistema que defienden los defienda también a ellos, y aquí valdría la pena abordar la situación del pasado 20 de octubre, en la que el subsecretario Eduardo Clark pretenda cargar al personal médico la responsabilidad por el robo de medicamentos, sin presentar casos concretos.
Resulta infame tratar con ese desdén a quienes han sostenido el sistema de salud con jornadas extenuantes, escaso equipo y una dedicación que ha salvado millones de vidas; han demostrado, incluso en medio de las recientes manifestaciones, que su prioridad sigue siendo el paciente.
Culparlos, aunque sea de manera indirecta o con la formulación de “casos aislados” que se generalizan, constituye un acto de ingratitud institucional, porque hay que reconocer que el desabasto y el desvío de insumos son problemas de gestión, de supervisión, de contratos y de control administrativo, no de la vocación de quienes atienden a la población. Señalar al personal que trabaja en el piso de los hospitales, mientras las fallas estructurales del abasto persisten, es una forma de desviar la atención de las responsabilidades que corresponden a quienes dirigen el sistema; el agradecimiento no puede ser sólo verbal, debe traducirse en respeto concreto y en beneficios reales hacia quienes, día tras día, cuidan a México.
El reconocimiento al personal de salud es hoy una deuda de justicia, no un favor; es la mínima correspondencia con quienes, desde la crisis del covid-19 hasta esta hora, han demostrado compromiso y empatía con amor al prójimo.
*Consultor en temas de seguridad, inteligencia, educación, religión, justicia y política








