miércoles 28, octubre, 2026

IN PRINCIPIO ERAT VERBUM

Simón Vargas Aguilar

La creciente disminución del catolicismo

Hemos comenzado a perder la fe no solo como práctica, sino como horizonte de sentido, poco a poco nos hemos alejado de valores que el catolicismo ayudó a sembrar en el continente como la dignidad incondicional de la persona

Las cifras duelen porque son concretas, hablan de personas que dejaron de sentirse parte de algo que durante siglos formó su identidad, sus fiestas, sus valores y hasta la forma de mirar el mundo y es que de acuerdo con datos del informe del Pew Research Center publicado, la proporción de católicos cayó al menos nueve puntos porcentuales en apenas una década en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú, países que concentran cerca del 75% de la población latinoamericana.

En México pasamos del 81% al 67%; en Colombia la caída fue aún más abrupta, del 79% al 60%; en Brasil y Chile el catolicismo ya no es mayoría absoluta (46 % en ambos casos). Lo más preocupante no es solo el número de quienes se van, sino hacia dónde se van y es que el sector que más crece no es el de otras iglesias cristianas, porque el protestantismo se mantiene relativamente estable, sino el de las personas que no se identifican con ninguna religión: ateos, agnósticos o, simplemente, “nada en particular”.

En México este grupo se triplicó hasta alcanzar el 20%, no se trata de un ateísmo militante, sino de un alejamiento silencioso, un Dios personal, privado, sin comunidad, sin ritos compartidos y, sobre todo, sin una moral pública que oriente la vida en común.

Hemos comenzado a perder la fe no solo como práctica, sino como horizonte de sentido, poco a poco nos hemos alejado de valores que el catolicismo ayudó a sembrar en el continente como la dignidad incondicional de la persona, el respeto a la vida, la primacía de la familia, la solidaridad, el perdón como camino y la idea de que la existencia no se reduce al éxito o al consumo. Cuando esos valores dejan de ser compartidos, no desaparecen de un día para otro; se diluyen y quedan como preferencias individuales, opcionales o negociables según el momento.

Desafortunadamente, en una región marcada por la violencia, la desigualdad y la desconfianza institucional, este alejamiento puede tener consecuencias concretas, menos capacidad de construir fraternidad, más espacio para el individualismo depredador y menos herramientas para sostener la esperanza cuando todo parece desmoronarse.

El informe de Pew también muestra que la creencia en Dios permanece alta en toda la región entre el 89% y el 98% según el país, esto significa que estamos ante una desinstitucionalización de la fe, ya que la gente sigue buscando trascendencia, pero ya no la encuentra en la Iglesia.

Cuando una sociedad pierde el lenguaje común de la dignidad y la misericordia, le cuesta más defender a las víctimas, acompañar a los desaparecidos o resistir la tentación de la violencia como solución; no olvidemos las palabras del Papa León XIV: “Nuestra fe es auténtica cuando abraza toda nuestra vida, cuando es un criterio en las decisiones que tomamos, cuando nos hace mujeres y hombres que se comprometen con el bien y son capaces de arriesgarse por amor tal y como hizo Jesús”.

La fe que no transforma la vida cotidiana y no se arriesga por el otro con el paso del tiempo se vuelve obsoleta, porque la verdadera creencia en Dios está justamente en confiar en Él y recuperar el amor al prójimo, una reflexión que debe ser atendida por todos, ¡defendamos nuestra iglesia!

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