Trump: Soberbia y arrogancia
Marcos Durán Flores
El poder suele producir una peligrosa ilusión: hacer creer a quien lo ejerce que es intocable, que sus decisiones no tienen consecuencias y que los ciudadanos terminarán aceptando cualquier cosa. Donald Trump acaba de recibir una lección que muchos políticos se resisten a entender: el poder no es eterno y la soberbia y arrogancia se castiga en las urnas. La soberbia y la arrogancia, pueden definirse como Una firme creencia de superioridad y un sentido de autoimportancia exagerada que funcionan como mecanismo de defensa frente a la inseguridad.
EL martes pasado, los estadounidenses le cobraron sus promesas incumplidas, el encarecimiento de la vida y una manera de gobernar marcada por la confrontación.
Texas, Kansas, Iowa, Ohio, Maine, Carolina del Norte y Carolina del Sur protagonizaron victorias significativas. Las elecciones intermedias se convirtieron en un referéndum sobre Trump. ¿Y qué castigaron los electores? Sobre todo, el bolsillo.
Trump regresó a la Casa Blanca prometiendo controlar la inflación, reducir los precios y devolver la prosperidad a los estadounidenses. Sin embargo, la realidad fue otra. Los alimentos, la gasolina, la electricidad, los seguros y los servicios siguieron encareciéndose.
La economía fue central para los votantes. Cerca de nueve de cada diez consideraron el costo de vida un factor importante o decisivo al elegir candidato. Dos tercios responsabilizaron a Trump por los precios elevados y una mayoría consideró que sus políticas habían empeorado su situación económica.
Los aranceles también contribuyeron al problema. Trump los presentó como herramienta para proteger la industria y obligar a otros países a pagar. Pero los gravámenes a las importaciones encarecieron insumos y mercancías, y las empresas trasladaron esos costos al consumidor.
Otra de las razones de su derrota fue su política internacional. Las guerras con Irán y el respaldo incondicional a Israel alimentaron el descontento de sectores de la población que cuestionaron el costo humano, económico y político de los conflictos. Trump había prometido evitar nuevas guerras y concentrarse en los problemas de los estadounidenses y terminó involucrando a su país en una confrontación que disparó los combustibles, alteró los mercados energéticos y agravó la incertidumbre. El precio de la gasolina se convirtió también en una factura de la política exterior.
Además, señalamientos de corrupción, conflictos de interés y controversias alrededor de los negocios y el patrimonio presidencial alimentaron la percepción de que Trump atendía más sus propios intereses que las necesidades de la población.
Hubo también una fractura generacional y social. Los jóvenes se inclinaron con mayor fuerza por candidatos demócratas y una parte de los hispanos que habían respaldado a Trump en 2024 se alejó del Partido Republicano pues castigó la deportación indiscriminada de latinos trabajadores, no delincuentes; sumado a la baja economía.
El resultado deja a Trump frente a un Congreso opositor, con capacidad para bloquear iniciativas, revisar decisiones e investigar a su administración. Su margen político se reduce rumbo a 2028.
Él podrá culpar a sus candidatos o a las circunstancias. Sin embargo, hay una regla elemental en política: las promesas pueden conquistar votos, pero la economía puede arrebatarlos. Trump convirtió la elección en un plebiscito sobre su persona y recibió el mensaje en las urnas.
Esta lección no es exclusiva de Estados Unidos. La soberbia es enemiga del ser humano y, en política, puede marcar el principio del fin. Creerse indispensable, confundir autoridad con obediencia, despreciar las críticas y pensar que el poder permite ignorar a los ciudadanos es un error.
Aquí en México y por supuesto en Coahuila, los políticos y funcionarios públicos, deberían entender que el cargo no es propiedad personal, que el poder no es eterno y que los ciudadanos no están para aplaudir, sino para pedir resultados. Que gobernar no es imponer, escuchar no es signo de debilidad y reconocer errores no es perder autoridad. Recordemos la frase: “Se debe mandar, obedeciendo”. La realidad termina demostrando que tarde o temprano, la gente te pasa la cuenta y que el poder no es para siempre.
@marcosduranf







